Por qué uso Linux

Primero, un poco de historia... Corría el año 1982 cuando compré mi primer ordenador: un Sinclair ZX-Spectrum. Tras devorar el manual de programación del lenguaje BASIC que incorporaba, pocas semanas después ya había conseguido hacer un programa que listara todo el código fuente (en ensamblador) del propio sistema operativo (en memoria ROM). Entonces aprendí el lenguaje ensamblador del Z-80. Creo que fue durante el año 1986 cuando compré mi segundo ordenador: un Philips MSX-2. El avance fue sensacional. También estaba basado en el microprocesador Z-80, y me costó muy poco modificar mi programa escrito en BASIC para que listara el código ensamblador del sistema operativo del MSX-2 (también en ROM). Hacía mis propios programas en ensamblador, tratando de imitar los que veía en revistas para otros sistemas operativos. Este ordenador incorporaba un sistema operativo de Microsoft: el MSX-DOS, que cargaba desde disquete.

Allá por 1990 compré mi primer PC: un clónico de 286 sin marca, con 1 MB de memoria y con un disco duro de 20 MB. ¡Aquello sí que fue algo mágico! Entonces descubrí el lenguaje C, de la mano de aquel maravilloso TurboC de Borland. El PC traía de fábrica un sistema operativo en disquete denominado DOS Plus, de Digital, netamente superior al MS-DOS de Microsoft. Un amigo me pasó una copia pirata de algo que se llamaba Windows 3.0. Resultó un fracaso, porque no pude instalarlo en el disco duro: era necesario tener MS-DOS. Como un tonto ilusionado, corrí a la tienda de informática más cercana y pregunté por MS-DOS. Me vendieron una cosa llamada MS-DOS 4.01, bastante cara para mi presupuesto. Tuve que formatear el disco duro para poder instalar ese sistema operativo y me encontré con que había perdido muchas de las funcionalidades del DOS Plus. Por otro lado, por fin pude instalar Windows. Lo que vi me desilusionó mucho: aquello era algo novedoso, pero bastante inútil. No existían programas para aquel entorno gráfico, por lo que no era productivo, al menos para mí. Lo desinstalé y me conformé con el DOS Shell, un entorno gráfico que traía el MS-DOS que compré.

En 1992 compré un portátil con un microprocesador 386. Ya traía de fábrica MS-DOS 5.0, y poco después pude instalar un Windows 3.1 pirata. Como me gustó, decidí comprarlo. Pagué mucho dinero por él, pero estaba contento. En 1994 compré otro PC con un microprocesador 486. Traía de fábrica MS-DOS 6.22, que al año siguiente actualicé a MS-Windows 95. Sí, fui de los que corrieron a la tienda para reservarlo y pagarlo a precio de oro. Fui tan tonto que me registré como usuario de Windows. También compré un Borland C++ (no recuerdo ya qué versión). Y también compré un Office 7.0, un antivirus de McAfee y más software legal. En total, gasté mucho más en gasolina que en el propio coche: el PC era caro, pero el software necesario para sacarle partido era infinitamente más caro. Usaba todos los programas de Microsoft y programaba para ese entorno gráfico. Estaba relativamente contento con esta situación, a pesar del descalabro que supuso para la economía familiar. Se puede decir que era tonto, pero feliz.

Poco después volví a pagar por otra nueva versión de Windows, y por otra de Office, y por otra del antivirus, y por otra del Borland C++. Como ganaba algún dinero haciendo programas, estos vicios informáticos se costeaban más o menos por sí mismos. Pero hay que tener en cuenta que no todos los usuarios informáticos saben programar... ¡Cuánta gente tendría que echar mano de la piratería para poder disfrutar de esos magníficos programas!

En el año 2000 volví a pagar por Windows-Me. Para entonces, Internet ya era bastante popular... Y llegaron los problemas. Hasta entonces, me había habituado a los frecuentes cuelgues de Windows, y casi me había resignado a perder parte de mis documentos sin guardar cada vez que ocurría una de estas desgracias. Fueron muchas las líneas de código fuente que tuve que volver a reescribir. Y muchos los documentos escritos con Word que no pude volver a abrir con versiones posteriores del mismo programa... ¡Algo inconcebible! ¡Y tener que pagar por eso! Pero esto no fue nada en comparación con la amenaza para mi trabajo en la que se convirtió Internet: Internet Explorer hacía cosas raras, y Outlook Express se convirtió en un verdadero compromiso para la seguridad. A través de este bonito (e inseguro) programa de correo electrónico se colaba todo tipo de virus habidos y por haber. Actualizar el antivirus se convirtió en algo absolutamente necesario. ¡Había que perder bastante tiempo en hacerlo! Y también dinero, que entonces había que pagar por cada minuto de conexión a Internet. Y Windows era cada vez más inestable... Con cada instalación de programas, el sistema operativo se volvía más y más lento. Había pagado una pequeña fortuna por tener todo en condiciones, y aquello iba de mal en peor. Decidí hacer uso de mis derechos de usuario registrado de Windows, y llamé al servicio de atención al cliente... ¡Otra desilusión! Aunque tengo que reconocer que la empleada que me atendió en la primera ocasión era muy amable y tenía una voz preciosa. Y eso fue lo único bueno que obtuve de ellos, porque ahora también tenía que sumar la cantidad de dinero que me costaba hablar con el servicio técnico. Y para lo que me resolvieron... Primero me trataron de idiota, y les costó unos diez minutos darse cuenta de que no lo era. Me pasaron con alguien más entendido en la materia, que me acusó de ser un pirata informático, hasta que se dio cuenta de que mis números de serie eran legales y que estaban realmente registrados a mi nombre. Luego me acusaron de tener instalados programas de terceras partes que podían causar el mal funcionamiento de mi equipo: el antivirus de McAfee y el entorno de desarrollo de Borland. ¡Era lo que me faltaba por oír! ¡Qué profesionalidad! La solución que me dieron fue que reinstalara Windows. Quise reclamar por la total falta de experiencia del autoproclamado técnico que me atendió, pero ahí me encontré con el muro de la burocracia... y con el crecimiento de mi factura telefónica.

En definitiva, para mí, usar Windows fue un negocio caro y bastante estúpido. Ser usuario registrado de Windows solo tenía la ventaja de tener que pagar por todo una y otra vez (con cada nueva versión de cada programa o del sistema operativo), a cambio de absolutamente nada. Vamos, que me estaban llamando tonto en mi propia cara. Por primera vez entendí a mis amigos piratas, a esos que nunca pagaron por Windows ni por el resto de programas. Tras sufrir varios ataques de virus quedaron demostradas dos cosas: la inseguridad del dúo Internet Explorer/Outlook Express, y la relativa inutilidad de un software antivirus. Puse remedio al primero de los males, comenzando a usar Netscape, en primer lugar, y luego Mozilla. También me programé mi propio programa de correo electrónico. Estas dos medidas básicas (la primera al alcance de todo el mundo), hicieron que la incidencia de ataques víricos se redujera prácticamente a cero. Pero el antivirus era algo de lo que todavía había que depender (y ahora también, de un buen cortafuegos).

Fui cambiando de ordenador (ahora me los fabricaba yo mismo), pero ya no estaba contento con el propio funcionamiento de Windows: tenía que reinstalarlo cada pocas semana para que funcionase decentemente. Casi se podía decir que perdía más tiempo reinstalando Windows, desfragmentando el disco duro, tratando de recuperar documentos dañados por continuos reinicios del sistema y actualizando el antivirus, que propiamente trabajando con el sistema. Sencillamente, estaba harto.

 

Y entonces llegó Linux

Un día, en una de las revistas de informática que solía comprar, vino un CD con una cosa llamada SuSE 7.2. Traía de serie un escritorio gráfico basado en KDE 2.1.2. Decidí probarlo. Tenía una partición para copias de seguridad y, tras grabarlas en CD, decidí instalar allí eso que se llamaba Linux. La instalación fue costosa por aquellos tiempos... Todo era en modo de texto, y el proceso en sí consistía en seleccionar una serie de opciones como respuesta a unas preguntas que no sabía responder. Tuve que documentarme un poco más, pero ahora creo que realmente valió la pena. Lo mejor fue que, tras la instalación, podía arrancar tanto con Windows como con Linux. Incluso podía acceder a mis documentos de Windows desde Linux (aunque no al contrario, hasta que descubrí un programita de código abierto que me permitía hacerlo). Aquel nuevo sistema operativo no parecía mucho más difícil de manejar que Windows, teniendo ciertos conceptos claros (conceptos que, por otra parte, Microsoft tendía a confundir). El escritorio tenía iconos, una barra de estado (con bandeja del sistema y todo) y un menú principal. Los programas se ejecutaban en ventanas que tenían una barra de título (con los clásicos botones para minimizar, maximizar y cerrar), una barra de menú (con sus opciones típicas), una barra de herramientas (con los botones usuales) y una barra de estado (con información sobre la aplicación), además del espacio de trabajo. Todo como en Windows, al que estaba tan acostumbrado... Me gustó que fuera tan parecido. Además, también había visto funcionar a un Mac en una ocasión, y todo era semejante. Pero también era bastante distinto a Windows en otros aspectos, afortunadamente. Descubrí que ese Linux llevaba el navegador Netscape, y que era idéntico al que tenía en Windows. No tuve ningún problema para configurar mi módem externo, así que, en cuestión de minutos, ya estaba navegando con Netscape desde Linux. Para mi sorpresa, todo iba mucho más rápido que en Windows. Además, el CD de ese Linux venía cargado de programas, algo que no ocurría con Windows, donde el CD solo contenía el propio sistema operativo. Linux parecía tener de todo, hasta varios escritorios. Probé algunos de ellos, como GNOME, que no me gustó mucho (era bastante más lento que KDE, y mucho más feo, todo hay que decirlo). Lo interesante era que podía ejecutar los programas de cualquier escritorio desde otro. Por supuesto, sabía que no podía usar los programas de Windows desde Linux... hasta que descubrí Wine, que no hacía milagros, aunque sí trabajaba decentemente. También podía acceder sin problemas a la red local de casa, basada en Windows por aquellos tiempos. Pero no todo fue un camino de rosas... Por desgracia, mi escáner (un viejo Agfa de puerto paralelo) se negaba a funcionar con Linux. Investigué un poco en Internet y descubrí que el fabricante se negaba a abrir la especificación de sus controladores para ese modelo en concreto (y para otros muchos, al igual que otros fabricantes). Fue la primera vez que me arrepentí de haber comprado un dispositivo guiándome por las comparativas de las revistas informáticas, pero también fue la última: a partir de ese momento busqué información en Internet antes de decidirme por algún dispositivo, asegurándome especialmente de que fuese compatible con Linux. Se acabó eso de caer en la trampa de los fabricantes que certificaban sus productos para un único sistema operativo (Windows). Si necesitaba una impresora, quería que funcionase en cualquier tipo de ordenador y sistema operativo. Y lo mismo quería de un módem, o de un escáner.

Seguí usando Windows, naturalmente, pero cada vez iba trasteando más y más con Linux, hasta que instalé la siguiente versión de SuSE, la 7.3, también gracias a un CD incluido en una revista de informática. Lo gracioso era que todo parecía ser gratuito. Me informé sobre la licencia de uso de Linux, la GPL, y me resultó interesantísima. Más o menos, era lo que yo había estado haciendo con mis propios programas desde hacía algunos años.

Por desgracia, algún tiempo después tuve que reinstalar Windows, y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que me había eliminado el arranque de Linux. ¡Maldije a Microsoft y a su insultante monopolio! Pero, tras introducir el CD de instalación de Linux, descubrí una opción para reparar una instalación anterior que devolvió a la vida mi partición de Linux sin tocar nada de Windows. ¡Qué maravilla!

En el PC de mi esposa eliminé Windows completamente y le puse una distribución de Mandrake, igualmente basada en el escritorio KDE. Le dije que le había instalado un sistema operativo más moderno y más bonito que Windows, pero que funcionaba mucho mejor que él. Le enseñé a manejar los programas equivalentes para navegar (Konqueror), para el correo electrónico (KMail), para chatear (KSirc), para escribir documentos (OpenOffice) y para oír música (XMMS). Lo cierto es que se contentó con ellos sin rechistar, e incluso me dijo que eran más fáciles de manejar que los de Windows.

Cierto día empecé a recelar de Windows. Había leído por ahí una serie de artículos bastante inquietantes sobre ciertas actividades ilegítimas de su sistema operativo estrella. Hoy en día ya no es ningún secreto que Microsoft espía a sus propios usuarios: desde sus gustos musicales hasta las páginas web que visitan y las direcciones de correo electrónico con las que se escriben. Y también más, mucho más... Yo soy un ciudadano de a pie, una persona más que hace un uso normal de su ordenador, pero me niego a ceder esos datos y otros personales a una empresa norteamericana. El mero hecho de que me espíe sin mi consentimiento hace que dude de su ética. Muchas personas desconocen esto, o lo saben y dicen que no les importa porque no tienen nada que ocultar... ¡Qué felices viven! Yo les recomiendo que se lean detenidamente la licencia de uso de los programas de Microsoft, algo que nadie suele hacer. Por desgracia, vivimos cada vez en un mundo más inseguro, aunque algunas personas interesadas se desvivan por hacernos creer justamente lo contrario. Si pretendemos luchar contra la inseguridad instalando cortafuegos, antivirus y programas antiespía en nuestros equipos informáticos, no nos podemos resignar a seguir utilizando Windows: sería como mudarnos a vivir a un edificio con los cimientos podridos y a punto de derrumbarse.

En el 2002 llegó SuSE 8, y esta vez lo compré. Quería contribuir de algún modo a esto del software de código abierto. Poco a poco fui encontrando sustitutos para todos los programas que utilizaba en Windows: K3B para grabar CD y DVD, Konqueror para navegar, KMail para el correo electrónico, KOffice/OpenOffice para mis documentos, Amarok para la música en cualquier formato, DigiKam para las fotografías, GIMP (de GNOME) para el retoque fotográfico, Quanta+ para hacer páginas web, KDevelop para hacer mis programas en C++... Y un día me lancé de cabeza al vacío: formateé la partición de Windows y dejé únicamente la de Linux. Ya tenía lo que necesitaba: una estabilidad y una seguridad sin igual a cambio de un precio ridículamente bajo (y solo porque quise pagar por una caja con varios CD y un completo manual de usuario), aunque lo podía haber conseguido gratis a través de Internet (y de forma totalmente legal).

Ese mismo año (2002) decidí dar también algo a cambio al software de código abierto, así que ingresé en el equipo de traducción de KDE al español, donde todavía sigo estando (y con ganas de seguir mucho tiempo más).

Luego llegó el ADSL y la verdadera revolución de Internet, al menos para mí. Mi ordenador se pasaba días y días encendido y conectado a la Red. No había necesidad de reiniciar el sistema operativo tras instalar un programa. Ni siquiera al instalar una nueva versión de KDE, ya que bastaba con cerrar la sesión activa y volver a iniciar una nueva. Incluso cuando actualizaba el sistema gráfico tampoco era necesario reiniciar el ordenador: bastaba con reiniciar X-Window. Solo era necesario reiniciar todo cuando actualizaba el kernel de Linux (algo que se hace en raras ocasiones).

Después de haber usado productos de Microsoft durante varios años solo me queda el arrepentimiento por haberlos utilizado, por haber tirado tanto dinero a la basura y por haber confiado en ellos ciegamente. Sí, ciego tuve que estar para hacer eso... aunque, claro, cuando empecé con Windows todavía no se hablaba de Linux; o al menos yo no oí hablar de él.

Desde 2002 he usado exclusivamente Linux (principalmente distribuciones de SuSE, de la antigua Mandrake y de Debian, aunque en la actualidad uso openSUSE y KUbuntu de forma habitual, y Knoppix en formato Live para otros menesteres). Por regla general desconfío de todo el software que no sea de código abierto, y me niego a instalar ese tipo de programas denominados freeware, al igual que tampoco instalo programas gratuitos que no sean de código abierto. En todo este tiempo jamás he tenido que desfragmentar ninguno de mis discos duros, ni he sufrido el ataque de ningún virus.

Estos son los motivos por los que uso GNU/Linux. Si está usted usando Windows en la actualidad y después de leer esta historia no se le mueve ningún resorte en el cerebro, ¡bienvenido a 1984, amigo! En tal caso vive usted en el mundo feliz descrito por Huxley. Si es así, no se preocupe por nada... Todo está bien en su ordenador... Tranquilícese... Concéntrese en ese bonito escritorio lleno de colorines, o mejor aún, siga jugando al solitario de Windows... Relájese y sea feliz... En Microsoft ya se preocupan por usted, y seguirán administrándole su dosis diaria de soma...