Guillermo de Orange
Las luchas dinásticas y los alborotos domésticos que caracterizaron
a la Inglaterra del siglo XVII también llegaron a Irlanda
en 1688. Jacobo II, un católico incondicional, heredó
el trono de su hermano Carlos II. El Parlamento Inglés
(protestante), sintiendo que su fé estaba siendo atacada, decidió
deponer a su justo (pero católico) rey Jacobo II y sustituirlo
por su sobrino, el ferviente protestante Guillermo III, príncipe
de Orange. Jacobo II huyó a Irlanda donde
su falta de destreza militar y la tenaz resistencia de los protestantes, especialmente
durante el infame sitio de Derry (1689, donde unos 20.000 protestantes
fueron asediados durante 105 días por las tropas de Jacobo II,
hasta que finalmente fueron liberados por navíos de guerra ingleses),
le llevó a su última derrota en la batalla del Boyne
(1690). Su ejército se rindió al año siguiente en Limerick.
Este episodio tuvo unas importantes consecuencias para la dinámica política futura de Irlanda. En primer lugar, fortaleció la vieja idea de los colonos protestantes de que no estaban a salvo de ser atacados por sus agresivos y hostiles vecinos católicos, quienes los superaban en número. En segundo lugar, originó un mito siempre acrecentado de que los protestantes no sólo habían salvado Irlanda de los católicos para el rey inglés, sino de que habían salvado al mismísimo imperio protestante. La victoria tuvo efectos más bien psicológicos.
En 1695 el Parlamento Inglés dictó nuevas leyes opresoras para pacificar a los irlandeses, la mayor parte de las cuales continuaron en efecto hasta 1793, y algunas incluso fueron mantenidas hasta 1829, cuando el Acto de Emancipación Católica se convirtió en ley. La esencia de estas nuevas reglas fue condenar a los católicos por practicar su religión y apartarlos de cualquier posición de poder. Junto con otras leyes que regulaban el comercio (en 1699 se dictó la Irish Woolen Act, que prohibía la importación de tejidos irlandeses), impidieron el desarrollo de cualquier base de bienestar económico dentro de la sociedad irlandesa. Esto forzó a muchos descendientes de la nobleza angloirlandesa a convertirse al Protestantismo, pero también creó un vínculo permanente entre el Catolicismo y la disidencia política. Lejos de destruir la cultura celta irlandesa como habían pretendido, estas leyes simplemente llevaron a los irlandeses a organizarse clandestinamente para mantener viva la esperanza de que algún día podrían zafarse de la pesada mano de sus opresores ingleses.
