La partición de Irlanda
A Gran Bretaña le quedaban pocas opciones. Los ingleses estaban aún recuperándose de las horrorosas pérdidas ocasionadas por la recién terminada guerra en Europa y no estaban de humor para embarcarse en otra guerra en Irlanda. De cualquier modo, la presión de los Estados Unidos nunca habría permitido esto. A falta de una solución mejor, los británicos aprobaron la Ley para un Mejor Gobierno de Irlanda. Bajo esta ley, Irlanda quedaría dividida en dos entidades políticas separadas: Irlanda del Sur e Irlanda del Norte, cada una con su propio parlamento: el primero para los 26 condados del sur, y el segundo para 6 de los 9 condados que formaban el Ulster.
Gran Bretaña había reconocido una limitada forma de autogobierno para Irlanda dentro del contexto del Reino Unido. Los republicanos corrieron a recaudar dinero y armas y a entrenar soldados. Pero los irlandeses estaban cansados de tanto sacrificio, horror y muerte. Era el momento de hacer la paz. El 11 de julio de 1921 se firmó una tregua entre ambos bandos. Las negociaciones para terminar con un acuerdo político comenzaron inmediatamente, y la delegación irlandesa, encabezada por de Valera, Collins y Arthur Griffith, viajó a Londres para trabajar directamente con el gabinete británico.
Estimando que sus artes de líder eran necesarias en Irlanda, de Valera abandonó Londres, dejando claro a sus representantes que ningún acuerdo final debería ser firmado sin haber sido leído, analizado y aprobado previamente el texto por su propia parte y por la de su gobierno en Dublin. El 6 de diciembre de 1921, la partición de Irlanda fue formalizada en un documento conocido como el Tratado Angloirlandés. Firmado en Downing Street tras meses de agotadoras, malhumoradas y a veces tensas conversaciones, reconocía a los 26 condados de Irlanda del Sur el derecho a denominarse el Estado Libre de Irlanda, y el estado constitucional de un dominio de la Comunidad de Naciones Británicas.
Técnicamente, este tratado garantizaba la soberanía al Estado
Libre sobre toda Irlanda, incluida Irlanda del Norte,
siempre y cuando en el plazo de un mes los seis condados del norte así
lo decidieran. Pero optaron por no unirse al Estado Libre de forma casi
inmediata. El acto de la partición de la isla fue bastante controvertido,
pero no lo fue menos el hecho de que se llegó a conocer que los miembros
del parlamento del Estado Libre habían sido obligados a hacer
un juramento de fidelidad al rey de Inglaterra. Para los hombres que
habían sufrido terribles privaciones y que habían arriesgado sus
vidas para liberar su tierra del dominio británico, inclinarse ahora
ante el mayor símbolo de opresión fue una herejía. El mismo
Collins fue plenamente consciente de lo terriblemente impopular
que serían tanto la partición como el juramento. Poco después
de firmar el Tratado, dijo que "acababa de firmar su propia
sentencia de muerte".
Aparte de estos errores nominales, muchos republicanos estaban en desacuerdo con el hecho de que los delegados irlandeses habían firmado el Tratado sin tener la aprobación final de Dublin. Representando al punto de vista de la mayoría del IRA, de Valera rechazó inmediatamente el Tratado. Un acalorado debate tuvo lugar en el gabinete irlandés sobre si se debía aprobar el Tratado o no, pero cuando se puso a votación, de Valera y su facción perdieron por un único voto. Cuando se sometió a votación en el Dáil también fue aprobado por una escasa minoría de 64 votos a favor y 57 en contra. De Valera dimitió de su cargo. En junio de 1922 el Tratado fue ratificado por los ciudadanos del Estado Libre en sus primeras elecciones generales, pero esta ratificación sólo introdujo una cuña más profunda entre las facciones a favor y las que estaban en contra del Tratado dentro del IRA.
